Este texto es un fragmento de

Proyecto Sombra

Virginia Vic Mirón

The future's in the air

Can feel it everywhere

Blowing with the wind of change

Wind of change ― Scorpions


Prólogo

El viento silba con fuerza, es tan intensa su frialdad que cala todos y cada uno de mis huesos. Las baldosas a mis pies, desgastadas por el inevitable paso del tiempo, se camuflan en la infinita oscuridad de esta noche carente de estrellas. La niebla no podía faltar en este ambiente gélido, cubriendo la villa por completo, apenas permitiéndome distinguir las bifurcaciones y recovecos de las calles.

Mi única guía en este laberinto de asfalto húmedo y escarchado es el persistente sonido de la campana, su tañido estridente me va marcando el camino igual que un faro lejano. Cada campaneo me causa escalofríos porque… Es tan parecido a un grito humano, a los lamentos de un alma en pena… Me detengo un momento. para insuflar aire a mis temblorosas manos.

 ‘No mires atrás. Sigue recto, sigue recto…’ ―murmuro, volviendo a caminar. Esta vez a un paso más acelerado.

Antaño este pueblo era conocido por ser un espectáculo de luz y color, cegándote con una infinidad de aromas dulces y afrutados. La vida rebosaba por cada una de sus esquinas: los niños correteaban por estas mismas callejuelas, jugando y riendo entre ellos; los ancianos paseaban y charlaban en grupos reducidos, alimentando a alguna paloma o ardilla viajera que se acercaba a los bancos a curiosear; las flores invadían las casas y jardines de todos sus habitantes.

Recuerdo esos días con nostalgia. Lejanos en mi memoria porque… Ya nada queda de mi pueblo natal. El frío y la oscuridad arrasó con todo, llevándose consigo todo atisbo de color, de olor… de vida. Al principio creí que el proceso fue súbito igual que un golpe certero, después comprendí que el color llevaba años diluyéndose, volviéndose poco a poco tan gris como la neblina en la que se han sumergido las casas y la vegetación. Fui tan estúpida por no interpretar las señales, por no entender que todo empezó a torcerse cuando…  

¡Crack!

Un crujido interrumpe mi monólogo interno.

Me ajusto rápidamente la capucha, protegiéndome la cara de esta maldita ventisca, y alzo la cabeza. Observo los alrededores una y otra vez, intento afinar mis cinco sentidos de una manera que roza la obsesión.

Perdí la pista de mis perseguidores poco después de entrar en estas ruinas, pero es mejor no pecar de confiada. Ellos también van tras la campana. No descarto que estén ocultos entre las sombras, acechando como los depredadores que son. Por eso cualquier sonido y movimiento, por imperceptible que sea, me perturba. Estoy en un estado de alerta constante: los músculos en tensión, la respiración acelerada y los jodidos nervios a flor de piel. ¿Qué esconderán los arbustos y las copas de los árboles? ¿Es el frío viento lo que sacude sus ramas marchitas… o hay algo más?

Extiendo las manos frente a la niebla, casi puedo rozar sus frías gotas con los dedos. Cojo aire por la nariz. Uno. Uno, dos. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres, cuatro. Cuento los segundos en los que retengo el oxígeno antes de expulsarlo despacio por la boca. Tengo que concentrarme primero en regular mi respiración porque no puedo quedarme sin aliento a mitad de camino.

Así es como avanzo: echo a correr, me detengo cuando empiezo a hiperventilar, ando, corro, cojo aire. Y vuelta a empezar.

Si me preguntasen cuanto tiempo llevo vagando sin rumbo por la oscuridad de estas calles, repitiendo en bucle el proceso de andar-correr-respirar, pues no sabría dar una respuesta certera. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas? Vete tú a saber. El reloj digital de mi teléfono móvil no puede marcar la hora en este lugar. La percepción temporal se alteró desde que cruce esa puerta y si no quiero perder la cabeza (más de lo que ya la he perdido) entonces debo darme prisa.

La campana parece burlarse de mi situación, a veces escucho su tañido más lejos, otras más cerca. Incluso juraría que he llegado a oír pasos secos a mis espaldas, pero… No voy a darme la vuelta. No debo mirar atrás.  Eso es lo que ellos quieren: confundirme y asustarme. No voy a darles el gusto de verme gritar como un cachorro perdido. Y si me ven temblar es por el frío. ¡No les tengo miedo a esos bastardos de mierda!

Me muerdo la lengua. Ah. ¡Que ganas tengo de gritarles! Mandarlos al jodido infierno y cagarme en toda su estirpe. Pero si no quiero ser descubierta me tengo que contener y… Joder.  Me está costando más de lo que creía.

Sacudo la cabeza y enfoco toda mi atención en la campana. No puedo distraerme más, no. Cerca, más cerca y llegaré a mi destino…

El silencio sepulcral se rompe por los gruñidos de unos lobos. Un resplandor ilumina la estrecha calle donde me encuentro. Puedo verlos a lo lejos y… Bueno, podría decir que no hay que ser un encantador de perros para intuir que tienen hambre y están muy, muy cabreados. Prefiero ignorar su rabia y concentrarme en el más grande de todos ellos. Una figura blanca e imponente. Su mirada del color del ámbar podría ver a través de mi alma, o devorarme si se le antoja.

De improviso todos ellos comienzan a aullar.

¿Y si se ha infiltrado un perro salvaje en sus filas? Son de la misma familia, no sería raro. Ay, mierda. No te distraigas. Tú ve a lo tuyo’.

Como si los cánidos pudiesen leer mis pensamientos todos ellos alzan sus hocicos. Gruñen y echan a correr, yendo directos a mi posición. Me quedo inmóvil y cierro los ojos. Je. ¡Ni que fuesen un espejismo! ¡No se van a esfumar porque deje de prestarles atención!

Mi estrategia funciona porque me ignoran, pasando a mi lado sin apenas rozarme. En pocos segundos los escucho ladrar con fuerza, entremezclándose sus gruñidos molestos con otros sonidos más agudos.

Humanos.

Mierda. Ya están aquí.

Prefiero evitar la carnicería que tiene lugar a dos metros de mi nuca y corro, corro lo más rápido que puedo en dirección contraria a los cánidos. El eco lejano de unos pasos retumba en las baldosas. ¿Cuántos son? ¿Cómo han podido encontrarme? ¿Acaso no se sienten afectados por la distorsión espacio temporal de este pueblo? O puede que todas esas perturbaciones hayan ido a peor por el miedo, y seguramente ellos controlen mejor esta emoción que yo.

El pelaje del lobo albino resplandece. Su brillo choca contra el suelo, rebotando hasta una superficie oxidada. Gracias a ese resplandor por fin encuentro la maldita campana, y bajo la misma visualizo la catedral. Su tañido es más potente, es tan fuerte que daña mis oídos. El estruendo es comparable a tener el campanario a un centímetro de mi cabeza cuando realmente se encuentra a una distancia de cinco metros. Me veo obligada a cubrirme las orejas con las manos mientras avanzo a un ritmo más lento.

‘Venga. Solo un paso más y llegaré a la entrada’.

Otra rama cruje.

En una sola fracción de segundo una bola luminosa impacta contra la puerta de la iglesia, forzándome a retroceder. Más bolas radiantes rodean la entrada, tan bellas y letales como un fuego fatuo. Los ojos comienzan a arderme ante esa repentina explosión luminosa, cegándome la vista. Por mucho que intento cubrirme los ojos, esta maldita luz sigue perturbando todos mis sentidos como si estuviese mirando directamente hacia el astro rey.

Ni siquiera puedo escuchar a alguien acercarse hasta que no noto unas manos rozándome la cabeza, quemando mi capucha y descubriendo así mi rostro. Aprieto los dientes de pura rabia y frustración.

― ¿Creíste tener una mínima posibilidad contra nosotros?

― ¡Chiquilla insolente! Podrás esconderte, pero jamás huir.

― Podemos verlo todo, Violeta. Nada escapa a nuestros ojos.

Varias voces se alzan sobre la luz cegadora, esos tonos ásperos y chirriantes me taladran los tímpanos. Aunque no puedo ver sé que me han acorralado.

Un silbido anuncia un golpe que no puedo parar. El metálico sabor de la sangre no tarda en llenar mi boca. Por inercia me llevo las manos al estómago, palpando a través de la ropa en busca de la herida. Uno. Uno de ellos ha aprovechado la situación y me ha apuñado por la espalda. Es el modus operandi de estos bastardos. Tendría que haberlo visto venir.

Maldita sea... Casi lo tenía’

Ese único pensamiento atraviesa mi mente de lado a lado. Mi vista se desenfoca y me desplomo contra el suelo. Las fuerzas me abandonan…





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Virginia Vic Mirón

Proyecto Sombra

Una novela que bebe del realismo mágico japonés para ahondar en temas sociales y en la visibilización de los problemas mentales