Después de años dedicados a terapias infantiles y niños con un sexto sentido, Malcolm Crowe decidió ampliar su radio de trabajo. Su hallazgo, una puerta entre distintas realidades, le llevó a asumir que su talento era necesario más allá de su mundo: asesinos en serie hartos de incansables resurrecciones; superhéroes desplazados por secundarios con diálogos más ingeniosos; o personajes variopintos que, año tras año, temporada tras temporada, se veían abocados al fracaso de sus relaciones sentimentales en detrimento de las sexuales con cada persona de su serie televisiva.
Aquel día era distinto, debido a una sesión conjunta entre pacientes, cuyos traumas procedían de su conflicto actor-personaje:
—Doctor, no lo soporto. Antes disfrutaba experimentando, pero ahora me he convertido en un instrumento para evadir responsabilidades.
—¡Eso es una exageración!
—¿Exagerados los seis meses de cárcel que pasé en tu lugar?¿O permanecer abandonado en Marte cuando decidiste tomarte un año sabático del proyecto?
Antes de que prosiguiera la discusión, los dos se desvanecieron sobre el sofá. Las jeringuillas que portaba el doctor tuvieron la culpa.
—Marc, necesito un equipo de limpieza. La seguridad del portal estaba comprometida —dijo hacia el comunicador telefónico.
—Perfecto. ¿Algo más, doctor?
—Cancela mis próximas citas, por favor. Debo regresar unos días.
Crowe pulsó un botón bajo su mesa, y la sala quedó oscurecida salvo por la luz de una pantalla gigante que apareció al otro extremo, donde se proyectaban imágenes de lo que parecían distintas películas. Pulsó un botón de su extraño reloj de muñeca, y un único fotograma ocupó todo el espacio. El hombre atravesó la pantalla.
NUEVA YORK, AÑO 1995.
El doctor se deshace de su bata blanca, y entra en un destartalado bar de Brooklyn.
—¡Hombre, McClane! ¿Por fin hiciste las paces con tu lavadora? —dice burlón el camarero.
—Charlie, acércate —le susurra, agarrándole de la pechera—. Hoy llámame Willis. Bruce Willis.
Enhorabuena.
Saludos Insurgentes.