Por fin empezaba la fiesta; después del duro trabajo había llegado la recompensa para aquel buen año. Sería recordado como la mejor cosecha en mucho tiempo.
El pueblo de Gringerburg había preparado el más excelente de los altares para festejar Samaín: calabazas, castañas, mazorcas de maíz, flores de azahar, romero y ruda para espantar a los malos espíritus.
En el centro del pueblo ardía una gran hoguera. Bailaban al son de los violines, al compás de las palmas de los menos dados a aquellas artes.
Había llegado la hora de invocar a Ecate cuando, de repente, un grupo de hombres armados interrumpió aquel sagrado momento.
Aquellos cuervos actuaban en nombre de no sé qué dios. Sus trajes oscuros iban cubiertos con capas del mismo color y desprendían un hedor a rancio. Eso delataba que habían viajado hasta allí desde muy lejos.
El druida mayor del pueblo les ofreció pan y descanso, pero lo que recibió fue una estocada de espada en el corazón.
Los demás, nada más ver aquella cruel acción, empezaron a entonar un cántico rodeando la gran hoguera.
«Megcsókolod ajkainkat, és
szabadíts meg minket ettől a gonosztól»
Aquellos infames no entendían qué estaba pasando. A la orden de su comandante, empezaron a correr, espada en mano, hacia ellos.
De repente, el cántico se volvió un zumbido, y este paralizó a las almas negras.
El fuego avivó sus llamas y de su interior emergió el cuerpo de una mujer sin apenas rostro. Rodeada de todo aquel ardor incandescente,
escupió su furia sobre los que habían osado interrumpir su ofrenda y matar a su druida.
En pocos minutos eran carbón para los hogares de aquel pueblo tranquilo.
Los cánticos cesaron. De nuevo se corroboraba que aquel había sido un buen año. El invierno venía frío y ahora tendrían combustible para superarlo.


El giro final me ha encantado.
Enhorabuena.
Saludos Insurgentes