Este texto es un fragmento de

Esperanza en Tánger

Enrique Sancho Bisquerra

Esperanza Chappory falleció a los 14 años en Tánger, pero todavía está entre nosotros, y habla con su sobrino nieto Enrique. Estoy escribiendo no solo memorias de tangerinos sino también sus opiniones de lo que Esperanza ha visto y sigue viendo en estos más de 100 años de su estancia entre nosotros. La novela se compone de cortos capítulos en donde Esperanza le narra cosas a Enrique y este, autor de la novela, cuenta vivencias de su niñez y su juventud en Tánger (sigo siendo niño a mis casi 70 años). 

Para distinguir quién habla pongo entre corchetes su nombre […]. Esperanza siempre habla en primer lugar y cuenta el principio de cada capítulo, y yo, Enrique, me encargo del final, de forma que a veces hay pequeñas discusiones y contrastes de pareceres.

La familia Chappory era Tangerina (así, con mayúscula) de origen inglés, de gran fortuna y luego venidos a menos, por no decir «a nada». La gran mansión Villa Eugenia, con sus más de 30.000 metros de jardín se ha convertido en tres horripilantes edificios, aunque mantienen la maravillosa vista al estrecho de Gibraltar.


Capitulo 1

[Esperanza]

Mi nombre es Esperanza Chappory y soy la nieta de Aníbal Rinaldi, fallecido en 1923 a los 94 años; fue el traductor de O'donnell en la guerra de África y trajo por primera vez a Tánger al pintor Mariano Bertuchi, el cual se enamoró de Marruecos y pintó esa luz inigualable de Tánger y Tetuán.

Relato mis encuentros, vivencias y sueños con muchos de los personajes que vivieron e hicieron de Tánger una ciudad de libertad en un mundo de guerras.

[Enrique]

Como escribo en el prólogo, recibo cada semana, ya sea por correo o por viva voz, los relatos de mi tía abuela Esperanza, lo escribo en forma de diario y con mucha ficción pero todos los personajes son reales. Cada capítulo es independiente, sin hilo conductor, y muy corto de forma que la lectura sea cómoda y que no canse.

Capitulo 2

[Esperanza]

No puedo ni siquiera pensar en continuar estas cartas sin describir dónde nací, dónde viví mis primeros y únicos años, y en donde me reencuentro cada día, cada semana, con mi amor; con ese amor al que nunca jamás pude tocar, pero al que ahora sí acaricio, y lo toco, y sobre todo lo siento; naturalmente hablo de Villa Eugenia. 

Los detalles de metros cuadrados y metros edificados son parte de la información para su puesta en venta, algo imposible por lo que más adelante explico. 

La entrada es por el sur, es decir por la calle de Marco Polo, aunque actualmente se cambió la entrada por  Mohamed V, en la  esquina del hotel Rembrandt. Entrar por la puerta de servicio se convirtió en el acceso principal, la cocina y algo así como el vestíbulo; a la izquierda la escalera, al frente el despacho y a la derecha algo impresionante: el comedor-sala de estar, con una radio Phillips que siempre tenía alguna emisora sintonizada.

Quiero, de una forma quizás poética, como Enrique describe el jardín, y sobre todo la pérgola, imborrables y permanentes en mi memoria.

[Enrique]

La pérgola 

¿Oyes el olor de las rosas y de los geranios? ¿Escuchas el silencio de las hojas? Si tu respuesta es no, es porque nunca estuviste en la pérgola de Villa Eugenia, cuatro escalones que solo pudimos saltar cuando ya creíamos que éramos muy mayores, un banco que estaba hecho de hierro, es decir, para ser visto y no para ser sentado, paso obligado para ir al columpio, paso obligado para ir a los eucaliptos y, sobre todo, paso obligado para jugar al escondite. Rosas que no te delataban, hojas que escondían el ruido de tu corazón, entonces el ruido de tu corazón te delataba, hoy es el silencio de tu corazón es el que nos delata. ¿Empiezas a oír el olor de las rosas y los geranios?

Capitulo 3

 [Esperanza]

Año 1957. Voy caminando muy despacio hacia el mar, bajo por la Cuesta de la Playa, y cuando digo cuesta no solo me refiero al nombre de la calle; las cuestas en Tanger son montañas que hay que escalar, montañas llenas de interminables escaleras. Por fin llego a la avenida de España, pero no me decido a qué balneario ir, así que los voy recorriendo uno a uno (Miramar, Neptuno, Coco beach, Tres carabelas, Coup de reoulis, Recreativo, Yach club). Entro en el de Los Hoteles asociados, uno de cuyos fundadores fue el hotel Cecil, que pertenecía a mi familia; bueno no me alargo más, y cuento lo que vi en la playa. 

Abdelah me ofrece una cabina y, naturalmente, un sombrilla que, literalmente, clava muy cerca de la orilla. El griterío de los niños es ensordecedor pero muy agradable, algunos metros mar adentro veo la balsa repleta de intrépidos bañistas que se tiran de cabeza desde los dos trampolines; hoy no hace viento de levante y gracias a eso la finísima arena no te molesta en las piernas; los días de levante los granos de arena te hacen un daño parecido al de miles de agujas pinchando tu piel; no descubro nada al decir que la arena, ademas de finísima, es de un blanco que deslumbra. 

Muy cerca de mi sombrilla está Barbarita, la ahijada de Barbara Hutton, a la que conocí cuando vino con su, creo, tercer marido, Cary Grant, que por cierto no me pareció tan atractivo como aparecía en la películas, y lo más raro es que no flirteó conmigo, algo habitual en los maridos de raros matrimonios. Bueno, pensad lo que queráis, pero ni siquiera me dio un pellizco al darme un beso al despedirnos.

Me acerco a la terraza, está llena de mamás, y oigo que una niña de no más de cinco años le dice a una señora que está con otro niño: 

— ¿Usted es la mamá de Quique? 

— Sí, bonita. —Le responde.

— Pues dígale que no vaya con otras niñas, porque yo soy su novia. 

Quique, cuando era ya mayor, me contó bastante de su vida, y ahora quiero reescribir un par de esos recuerdos; luego, más adelante, contaré sus innumerables negocios y los proyectos que llevó a cabo en su vida. Me dice que el resumen de sus vida es «Dos divorcios, dos hijos, dos nietos, un Mercedes y un Rolex».

[Enrique]

Recuerdo de forma imborrable, cada día, el olor y la textura del flotador de publicidad de crema Nivea, mi salvación a la hora de pasar desde la orilla a los no más de treinta centímetros de agua; me acuerdo de olas que venían a tragarme y llevarme hasta la balsa, lejana balsa a donde teníamos prohibido ir, a la que solo los mayores, los muy mayores, llegaban nadando. Allí había dos trampolines y montones de muchachas y muchachos. Si mi memoria no me falla, solo fui tres veces a la balsa y solo logro acordarme con detalle de dos de ellas: la primera fui nadando a braza, sin mirar lo lejos que estaba la playa, se movía a mi espalda y la veía de reojo a escondidas como desaparecía y volvía a aparecer; volví nadando con los ojos cerrados. La segunda nadé a toda velocidad y solo me detuve casi al llegar al tocar una de las cuerdas que la sujetaban a la arena, metí la cabeza para ver donde estaba el fondo y fue cuando descubrí el infinito; todavía siento el dolor de estómago y la sensación de no ver el final, de ver y descubrir el infinito. La tercera y sucesivas veces fui nadando en sueños, en pesadillas, donde el despertar me salva del infinito, de mirar abajo, detrás y atrás.




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Enrique Sancho Bisquerra

Esperanza en Tánger

La memoria de un Tánger que ya no existe, un oasis de paz en medio de un mundo en guerra. Una historia de esperanza.

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