Este texto es un fragmento de

La travesía de Amina

Amina Almokadem

La llegada a España

Era el 28 de abril de 1990, en Tánger, y el último día de Ramadán, el mes del ayuno, de la paz y de la espiritualidad, cuando me despedí de mi madre, y era la primera vez que me despidía de ella con una sonrisa enorme y feliz. Mis padres estaban divorciados y desde mis 13 años pasaba todos los veranos con ella, a trescientos kilómetros de la casa de mi padre en Mohammedia, cerca de Casablanca, donde yo vivía. Todas las despedidas eran tristes, con mucho dolor y muchas lágrimas, por eso esa despedida de aquel 28 de abril era bien diferente, en gran parte porque era para vivir un sueño que tenía desde hacía un par de años.

Cojo mi primer barco hasta Algeciras, el día es muy nublado, lluvioso y triste. El mar está alterado en el estrecho, las olas son enormes, pero yo estoy feliz, simplemente feliz. Después de casi tres horas de travesía llego a tierra. Hay mucha gente en la cola para cruzar la frontera con España, y yo estoy nerviosa. He llegado a Algeciras. El policía me mira fijamente, me sonríe, y esa sonrisa me tranquiliza. Es un policía joven, alto, moreno y guapo. Algo me diría, pero no lo entiendo, son segundos, me devuelve mi pasaporte y con el gesto de la mano entiendo que ya podía pasar. Le doy las gracias y me marcho sin saber bien hacia dónde ir. Mi corazón late fuertemente, feliz de pisar un mundo nuevo, nervioso e intranquilo por sentirse solo ante lo desconocido. Tengo que llamar a mi hermana Fátima, que se encuentra en Madrid, para que me guíe. Me siento totalmente perdida. Hablo árabe y francés y todo lo que me rodea es español, todo son letreros en español. En la planta baja del edificio del puerto encuentro un locutorio, intento localizar a mi hermana, pero el número no funciona. Me pongo aún más nerviosa. No sé qué hacer. Lo intento varias veces, pero nada. Me acerco a la chica que está allí, se lo comento. No me entiende, le enseño el número y le digo que necesito llamar a Madrid. Me dice que tengo que poner el prefijo 91, jamás se me olvidará lo raro que me suena. Me quedo mirándola fijamente como diciendo «¿qué hago?». Esa mirada me salva la vida. La chica se da cuenta de que no lo entiendo y me apunta en un papel el número de teléfono con el 91 delante. Llamo, ahora sí, a mi hermana.
 
Son las 12 de la mañana y el primer autobús a Madrid sale a las 18 horas de la tarde, pero yo estoy tan feliz que incluso podría esperar días enteros. Cuando tomo el autobús no paro de mirar por la ventana durante todo el trayecto. Todo es tan bonito y tan diferente que no quiero cerrar mis ojos ni cuando se hace de noche. Es de madrugada cuando por fin estoy en Madrid. El autobús se para en una calle ancha y grande. Me bajo. Hay bastantes coches circulando, muchos blancos con la raya en rojo, muy parecidos a los coches de la policía marroquí. De repente me asusto e intento esconderme, pero no hay dónde. Tengo miedo de que me devuelvan a mi país. Me acuerdo de que tengo el sello de entrada y que con eso puedo estar hasta 3 meses sin problemas y me tranquilizo. Me llama la atención la luz verde de aquellos coches blancos. Me fijo mejor y me doy cuenta de que son taxistas. Creo que ha sido el momento más feliz de mi vida hasta este instante.


Tomo el taxi y le enseño al taxista, un hombre de unos cincuenta y cinco años, la dirección de mi hermana, pensando que es la de su casa. Comienza el viaje. Como es de noche, no puedo ver nada de ese Madrid al que acabo de llegar y donde voy a vivir mis próximos treinta años. El taxista me pregunta con quién he quedado, enseguida se da cuenta de que no hablo español y él no habla francés. Empezamos a hablar con gestos, de una forma muy limitada y primaria, ya que no sabíamos lenguaje de signos. Intento explicarle que voy a la casa de mi hermana, haciendo un gesto de frotar los dos índices, moviéndonos en paralelo y después señalo la tripa, trazando una curva como de embarazo. Empieza a reírse diciendo «no, no, no, no puedes tener una hija y menos visitarla». Es una conversación de besugos, no soy capaz de expresar que es mi hermana, y tampoco consigo entender lo que significa «hija», que me repite varias veces, aunque me quedo con la palabra. Entre carcajadas acaba mi viaje.



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Amina Almokadem

La travesía de Amina

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