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Mujeres Libres: revolucionarias que la historia silenció

Beatriz Asuar Gallego

Se dice de la historia que la escriben los vencedores, pero lo que no se dice es que los vencedores, casi en su totalidad, son hombres. Tampoco se dice que estos suelen olvidarse de las mujeres: si echamos una mirada hacia atrás y pensamos en los grandes momentos de cambio de la humanidad, o en las grandes revoluciones, ningún o casi ningún nombre de mujer nos viene a la cabeza. La historia de España también es un reflejo de esto. Gracias a la Memoria Histórica se ha comenzado a desenterrar el papel que tuvieron las mujeres durante la época más revuelta del país: la Guerra Civil. Mucho más importante de lo que nos han dicho hasta ahora, pero aún queda mucho por contar. Este libro quiere aportar a esto y sacar a la luz la historia de una parte de estas mujeres.

Pocos meses antes del Golpe de Estado nació Mujeres Libres, una organización que se formó entonces como el primer movimiento feminista radical de auténtica base popular y precursor en la lucha por reivindicaciones que, tantos años después, siguen estando presentes en la actualidad.

Nacieron a finales de la II República, en una dinámica política y cultural que abría nuevas posibilidades para la participación de las mujeres en la lucha social. CNT, la Confederación Nacional del Trabajo, era desde 1910 la central sindical principal orientada por el anarquismo, de la que después derivó la CGT. Un sindicato que contaba con una presencia alta de mujeres y que reconocía los derechos laborales básicos como la libertad económica o la igualdad de salario, pero en el que poco se ideaban iniciativas de luchas específicas como la de la igualdad de género.

Como ocurrió en toda la década de los 30, las mujeres estaban en posiciones de subordinación e inferioridad respecto a los hombres: podían ser forzadas a matrimonios arreglados sin su consentimiento, tenían que contar con compañía masculina para salir a la calle si eran solteras y las salarios no llegaban ni a la mitad de lo que cobraban los hombres por el mismo trabajo. El sexismo llegaba a todos los sectores de la sociedad y, por supuesto, también al anarquismo pese a ser un movimiento que desde sus inicios buscaba abolir la dominación y las jerarquías porque la realidad es que los movimientos sociales nunca se libraron de ser iguales de machistas que el mundo que les rodea.

En el movimiento libertario se solía ignorar la participación de las mujeres. No eran tomadas como militantes de pleno derecho en los ambientes públicos y políticos. La posición oficial era que hombres y mujeres debían ser tratados por igual, pero la realidad estaba muy lejos de esto.

Ante esto, las mujeres marcaron su propio camino. En Barcelona, núcleo principal del movimiento anarquista, se fundó en 1934 el Grupo Cultural Femenino, pionero de las articulaciones de mujeres dentro del sindicato. Mientras que en Madrid comenzaron a organizarse en un pequeño grupo que aún no tenía nombre. Juntas crearon la Fundación de Mujeres Libres. A los dos años de su creación pasaron a contar con 147 agrupaciones locales y 21.000 mujeres afiliadas. De su fundación destacan tres nombres: Amparo Poch y Gascón, Lucía Sánchez Saornil y Mercedes Comaposada. Tres mujeres contestatarias frente a todas las opresiones cuyas vidas se desarrollarán durante el libro.

Desde sus inicios se formaron como un grupo totalmente autónomo. La mayoría de las militantes ya formaban parte de otras organizaciones del movimiento libertario – CNT, FAI, Juventudes Libertarias -, sin embargo, no se subordinaron a ninguna de las estructuras previas. Fue aquí cuando se encontraron que sus enemigos no estaban solo en los sectores más conservadores de la sociedad, también en sus propias filas. Sus compañeros rechazaron este grupo, pero ellas tenían claro que el objetivo emancipar a la mujer de la triple esclavitud: esclavitud de ignorancia, esclavitud de mujer y esclavitud productora.

La revista fue el primer paso que dieron para combatir la alfabetización. Era una revista para mujeres y escrita por mujeres, a excepción del artista Baltasar Lobo, ilustrador y maquetista de la publicación. En mayo de 1936 apareció el primer número de la revista cuyo editorial decía:

Sin que pretendamos ser infalibles, tenemos la certeza de llegar en el momento oportuno. Ayer hubiera sido demasiado pronto; mañana, tal vez, sobrado tarde. Hemos, pues, aquí, en plena hora nuestra, dispuestas a seguir hasta sus consecuencias últimas el camino que nos hemos trazado; encauzar la acción social de la mujer, dándole una visión nueva de las cosas, evitando que su sensibilidad y su cerebro se contaminen de los errores masculinos (...) Miles de mujeres reconocerán aquí su propia voz, y pronto tendremos junto a nosotras toda una juventud femenina que se agita desorientada en fábricas, campos y universidades, buscando afanosamente la manera de encauzar en fórmulas de acción sus inquietudes.

Publicaron tres números más hasta que estalló la Guerra Civil. Hasta este momento ya habían trabajado en la capacitación de las obreras, pero a partir de este momento se marcaron otra meta: "Aportar una ayuda ordenada y eficiente a la defensa de la República".

Desde sus inicios reclamaron la importancia de la incorporación de la mujer al trabajo asalariado, realizando múltiples trabajos, además de las actividades de retaguardia: desde la alfabetización hasta la capacitación en el trabajo en todas los sectores laborales. Y, para que esta incorporación no fuera una doble carga para las mujeres pusieron en marcha comedores y guarderías populares en los lugares de trabajo.

Más allá del trabajo organizado, lo que más llama la atención de Mujeres Libres es cómo planteaban en los años 30 la problemática de la mujer en sus escritos, con temas que abarcan desde la abolición de la prostitución a la educación mixta o el amor libre. Reivindicaciones que llegan a la mayoría de izquierda mucho después con debates que aún siguen estando en el año 2019 en el seno del movimiento feminista.

Rompieron con la idea de que el hogar y las relaciones de pareja eran privadas: denunciaban con fervor el control dentro de la propia pareja y desde el propio estado e Iglesia católica. Proclamaban el amor libre y denunciaban que el modelo tradicional de familia fomenta las desigualdades. Por un lado, porque mantiene las dependencias económicas en la que se sustenta el patriarcado. Por otro, porque ampara la sumisión de las mujeres a los hombres dentro de la familia por lo que carecían de todo derecho de expresarse en ella.

Otro de los temas que más destacaron fue la educación infantil. Aseguraban que en las escuelas se adquiere una mentalidad encasillada por los valores burgueses por lo que era esencial que la educación diese un giro total potenciando una escuela para la libertad. Dentro de la educación, además, reclamaban la necesidad de la educación sexual, planteando temas hasta entonces tabúes como los métodos anticonceptivos o el aborto.

Pero la fuerza de Mujeres Libres fue cayendo según ganaba el franquismo más poder. La represión durante los últimos meses de la guerra y la posterior dictadura fue colosal. Más con los grupos de mujeres como éste que suponían un doble peligro al no luchar sólo por la emancipación de la clase obrera, sino también por la emancipación de las mujeres. Parece una tarea imposible documentar el número exacto de mujeres que pasaron por el calvilcio de la tortura, de los asesinatos, de las desapariciones, la censura o el exilio. Pero sí sabemos que,, como la mayoría de milicianas y militantes, las integrantes de Mujeres Libres acabaron en la cárcel, en el exilio, o, en el mejor de los casos, sometidas a un silencio absoluto negando haber participado en esta organización y renegando de sus propias vidas.



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Beatriz Asuar Gallego

Mujeres Libres: revolucionarias que la historia silenció

La historia de un grupo de mujeres que lucharon por la emancipación femenina en una sociedad profundamente machista.

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